DESIERTO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nueve salidas, nueve, y ninguna sirve.

Arpegios ligeros silbando truncados,

pájaros deshilachados entre soles apagados.

Las sirenas que reclaman los agujeros ocres

llenan las salinas de espanto

resecando las entrañas.

Callo. Escucho inmóvil.

Nueve guirnaldas recubren

nueve alacenas de paja sembradas de agua.

Los rezos del réquiem pasan

por debajo de los ojos que no miran,

al lado de oídos que no escuchan

o de manos que tejen en la paja cruces.

Aquellos años en los que el día

desplomaba gajos de piedras de la noche,

los retomó aquella que olvida

que en los cuadros de la memoria hubo vida.

La que de la soledad hizo simiente

para un grito que colgaba de una cara

velada por el agua, apagada ya la llama

le quedaba, viscosa la puerta clavada,

el jergón deshecho en la bahía

y un rumor, como de ola estrellada.

Cuando se acallen los golpes

de los filos de las nueve salidas,

ardientes los pájaros de las alas marchitas,

beberá de la tierra la sombra de la mañana

siendo de nuevo, empeño añejo.

 

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