MADRE DE LA MADRE

 

 

 

I

De pedazos,

de pedazos tienes la amargura

de tanto andar contigo

por las travesías

de tus refugios.

Pegajosa coraza

que te impregna y transpira

este edredón mal cosido a llanto

y sangrientas pupas vacías.

Déjate andar, déjate,

aún no han llegado

los sones de la flauta

ni todos los crepúsculos y amaneceres.

La entrada, a veces, se busca

con tanta desesperación

como en ocasiones la salida,

y solo entonces

tomas parte de ellas.

Entre los descosidos

asoma la duda de la elección.

Acunas entre tus manos

tus hijos.

Tentáculos de tu melena,

brazos de tus sentidos,

que hoy son agujas

y te pinchan clavándote

mariposa, diseccionada sin pudor.

-Autopsia de la muerte en vida

a la que matan, para embellecer

perenne en el tiempo y el recuerdo,

augurio que reposaba candoroso-.

En cada ala un alfiler

que hoy no te soporta

ni te aúna, cruje y rompe.

A cada sueño, una herida

A cada querencia un prodigio

que esperas cruce tu puerto a nado.

¿Ves mariposa, como

surca el vuelo tu quejido,

despanzurrándose

sobre  el manido tapete?.

¿Ves acaso como, solas

tus manos aún libres,

aletean el acto de hilvanar

por sobre la quietud

de la pretendida muerte?.

¿Ves, mariposa humilde

de la luz de la noche,

tu ojo aún vivo

resistiendo el respirar?.

Puntos y vuelos

sobrellevando el peso de las culpas.

Prisa desnuda, casi ternura

el ala que flojea herida.

Vuelo atrás, punto atrás.

¿Qué‚ mas dará?.

Mañana los retorcerá

el grito de la noche,

deshaciendo en polvo

esgrimido como lamento,

cada logro de uno u otro.

Tienes tanto, tanto sueño

latente, acechando,

que no caben en tus manos creadoras,

ni descansan entre ellas

sobre la almohada de tu falda.

Quedas destinada al vagar de los rebeldes,

la humildad de movimiento

con grito al borde de su filo.

 

II

 

He envejecido para ti

en estos tiempos hoscos,

aprendiz de mariposa.

He sembrado en mi vientre la semilla

de un hijo recio,

y te he envuelto,

-madre de mi madre-

con un abrazo extemporáneo

oliendo a fatiga.

Heme aquí madre,

lamiendo tus heridas,

pegándome a tu sombra.

Casi resignada a este destino

entumeciéndome, tensándome.

Endurece callos en la garganta

cada nana no querida

a ti, por poco anciana

y niña, entre mis manos que agarras.

No me preguntes de que suerte

es esta maternidad.

Arranca de ella solo

la leche.

Agarrarte a los tibios pezones

que fueron tuyos y hoy,

regresan protectores

y alargan tu figura retrocediéndola.

Remontar el estado de oruga

al de mariposa reproductora

es dejar de ser yo

para ser tú en mí.

O ser yo contigo.

Una nueva necesidad de aprender

atraviesa este momento

en el que soy cuna y regazo,

soplo y caverna de agua sumergida.

Un desconocido miedo

esta aprendiendo reglas

tras el parto

que ha transformado nuestras vidas.

La voz que grita a tu vejez,

llenándole la soledad y el miedo,

sale de la impotencia y

medrosa urgencia

por regresarte y mantenerte fuerte

inerme al peligro,

aliviando tu más blanca palidez

entre mis manos de madre

de estrecho lecho.

La voz me sabe a duda de tiempo.

Te expulso fuera de mí

a expensas de un quebradizo llanto

que duele las entrañas yermas

asombradas y alarmadas.

Desde esa oruga que fui

clama su redondez hirsuta,

la voz, buscando

los desapacibles huesos

de una infancia que sostener

entre idéntica materia y pensamiento

-mujer sobre mujer, dentro de mujer,

entre mujeres-.

Un nuevo ser que familiarizar

con el mundo,

a cada secreto silencioso, solo de él.

 

 

 

 

 

 

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