NO SÉ QUE DECIR.

 

 

No sé que decir ante tantos ojos cerrados,

ni donde mirar ante tantos oídos sordos,

ni que decir, ante tanto mudo golpeando

con el silencio la desmesurada entropía.

Del pequeño lugar propio

el que cobija el día a día, salen alambradas

de distancia hacia el otro, aquel, a quien

desconozco se suma al resto que no soy yo.

Tendremos que poner distancias manoseadas

para salvaguardar lo que creemos aún resta

nuestro, sin sentir la culpa.

Nos deshacemos bajo la piel de los tiempos

sin posible descanso. En que instante olvidamos

que el yo nace del nosotros, como retroceder

al momento justo en que decidimos engañarnos

y seguir con los pies mojados la estela

de quien nos quiere muertos, rotos y callados.

¿Cuando de la obediencia hicimos credo,

porqué no nos miramos, di, cuando nos perdimos?

Escuchando la risa de los niños, allá en la calle,

pienso que nada ocurre, si ríen, nada ocurre.

Y el remanso de sus juegos

me llega tan claro, que casi dudo.

Pero no hay salida en el silencio escondido

ni solución sin lucha, los ojos han de abrirse

y las manos sumar de nuevo. La tierra,

sin nosotros, galoparía viva, nosotros en la tierra

morimos y matamos con la indiferencia

de la costumbre de los siglos de los hombres.

Tan poco espacio para tanta espalda dada,

tanta posibilidad ignorada, tanto poder perdido

y enterrado. Y aún así, dispuestos a perder

lo que ya no existe a cambio de no saber

que ya no somos nada. Ni sentirlo.

 

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