BAILAR

Echo de menos bailar con mi padre.  Eran unos brazos fuertes pero suaves,  sus manos anchas,  grandes,  pero sin perder la dulzura  y  la  suavidad  cogían mi cuerpo y mi  alma  y  las elevaban mientras nos movíamos al ritmo de una música que, en ocasiones  sólo  estaba en nuestros oídos y nadie  más  podía  oír,  y  era  la misma en los dos sin  proponérnoslo  ya  que  nuestros  pies seguían el mismo ritmo sin palabras,  la misma   voz  sin  eco.  Tomábamos  la casa  con  nuestros  pasos, la   ocupábamos y la transformábamos en un lugar desconocido  pero  esperado, poníamos  en  cada  espacio  nuestras  esperanzas, apartábamos lo que  nos molestaba de sus recuerdos a cada giro  empujándolo   hacía  afuera,  donde  no  nos  rozase  ni  se  interpusiera  entre aquellos momentos  y nosotros,  porque de  ellos  bebíamos la fuerza para el resto de los días  con  sus    mañanas  y con sus noches fugaces, hasta que la necesidad de  ambos   nos  reencontraba  en  el  baile  y  todo  tenía   la  posibilidad  de  volver a reiniciarse  de  nuevo, inmaculado   bajo nuestros pies, inocente, capaz de reinventarse.

En un principio, yo apenas le llegaba más allá  del ombligo y  apoyando  mi  peso entero en el pecho que  quería  cobijarme, entre  los brazos que me ofrecían un rato de descanso en  mis juegos y lo transformaban todo en magia, porque ya  entonces veía yo espacios amplios, cielos estrellados, prados y aguas mansas  donde solo  había pasillos, sillas,  camas y paredes que ponían coto a nuestras andanzas.

Los ratos de juego se fueron haciendo más escasos, las horas  pasaban entre las clases, los deberes, las primeras amigas y unos centímetros de más que se iban  sumando a mi cuerpo y me  permitían  apoyarme  en su pecho, cuando  en  algún  momento  detenía  mi  mirada en ninguna parte y su mano  aparecía  por detrás  ofreciéndome un baile que me apartase de la realidad.

Ahora mi cabeza estaba destinada a recostarse en el hueco  de   los  músculos  que batían el aire de sus pulmones y  mi  oído escuchaba  su corazón mientras el mío callaba, se aletargaba   hasta ponerse a su paso, una de mis manos descansaba ya  en  su  hombro  y  la otra quedaba retenida entre la  suya. Nos movíamos suavemente sintiendo yo su fuerza y sin  querer despertar  del momento en que me sentía tan bien y feliz como  pueda sentirse   una  niña.

El  cobijo de sus anchas manos,  era como la frescura de  una   cueva en verano después de haber caminado campo a través bajo un  sol que inundaba el cuerpo de sudor y retenía el  aliento  hasta  que  los pulmones eran dos fuelles  sin  descanso, la  cueva  era  entonces  el descanso de unos pies  y una mente    esforzados,     recostarse     en   sus   paredes  con  el   contacto   de  la  piedra en la espalda atraía el instinto hacia tiempos remotos      en nuestra especie cuando la cotidianidad se ejercía en  esos  abrigos  y  una sensación de pertenencia a toda una  historia permitía cerrar los ojos segura, transportada a una comunidad   tan  global   como  primigenia.   La  sombra  y   la  frescura  del   aire   permitían casi siempre un sueño breve que devolvía la  fuerza   y  las  ganas,  así  esas manos que desde pequeña  me  habían    abrazado y protegido,  y con las que las mías nada tenían que  hacer en fuerza y calor,   dejaban un gusto húmedo y fresco a   musgo guardado a la sombra,  a tomillo en primavera, a tierra  mojada  en el otoño y arrastrada hasta penetrar en los  poros  de  su piel y perpetuarse como un estigma que traspasara  el  tiempo y el espacio.

Un día mi corazón comenzó  a oír el suyo a la misma altura el  mío siempre más rápido,  cabalgando sobre la vida con prisa y    sin descanso, el suyo tranquilo, sin esperar ya más de lo tenía  en ese momento,  sin desear más que esos pasos amables  de la  edad en calma y los bailes y las noches.

Al mío ya le  costaba  acercarse a su ritmo y es que la niñez  hacía   mucho  que  había pasado,  confiada y alegre,  su brazo circundaba mi  cintura  y me atraía hacia él,  para mantenerme en pie cuando     yo dudaba,  y hacerme ligera como el aire , perder los miedos y las prisas, mi cabeza y la suya juntas me dejaban oír en mi   mejilla  y en mi pelo su aliento reposado hasta que el mío se  unía al suyo y de nuevo nuestros corazones retomaban el mismo  ritmo.

Volvíamos a bailar por las tardes,  sobre las baldosas de  mi infancia,  que   permanecían mientras yo las había abandonado,  las  había cambiado por otras no  a mucha distancia,  pero  la suficiente para que los encuentros hubiera de    provocarlos  yo con  mis  visitas que siempre reclamaban el  mismo  objetivo.   Mis baldosas y mis paredes no invitaban de la misma manera a la calma y al abandono, ya tenían mi calor y vivían conmigo suficientes días, meses e incluso años ya, para que fueran mías, tuvieran mi olor y mi ritmo, conocieran a quien venía y se iba y a quien se quedaba llegada el alba.

Paseaba  por ellas mis despertares con la prisa  que  llamaba  desde  fuera, desde  un mundo al que pertenecía sin  que  me   perteneciese,  me  reencontraba con ella en los atardeceres y  en las noches y me protegían del exterior con el calor de una   historia a medias, reinventándose continuamente para mantener  en  pie las paredes y abiertas las ventanas a la luz y  a  la  noche.  Pero no había baile en ellas, no había  historia  suficiente, ni olor a tierra, ni brazos que fueran cunas ni silencios llenos de palabras. Salía a buscarlos,  para    reencontrarme  con  el  principio  y  siempre  lo  encontraba  dispuesto  para  un baile ,  las manos tenían la  piel  menos  suave y unas pequeñas manchas anunciaban que el tiempo pasaba  para los dos, sus brazos seguían siendo firmes, aunque habían cambiado la fuerza por la voluntad,  pero cuando mi cabeza se recostaba  en  su  hombro y los ojos se  cerraban,  volvía  a producirse  el milagro de resumir la vida entre aquel  abrazo  que  envolvía  todo mi mundo y lo transformaba en suave  seda  que rozaba sin herir, que besaba sin humillar.

Su cuerpo y el mío  en contacto, creaban un espacio nuevo  en el  que  él se perpetuaba en mí y yo aspiraba a la calma  que emanaba de sus ojos, mientras algún piano que amábamos aunaba  nuestros  pasos  en  una misma dirección  por  unos  minutos,  resumía  nuestra historia y le daba carácter de cueva  fresca   entre las paredes de su casa.

Alguien a mi lado, rozó mi brazo al tiempo que pronunciaba mi  nombre,  era  una llamada que aún no sabía a  que  respondía,  pero  que insistía,  mis ojos se abrieron justo al tiempo  en  que  la oscuridad se volvía luz en la sala del cine.  Miré la  cara divertida que había a mi lado,  no, no era mi padre, sin duda era quien me había despertado y volvía a decir algo que, de  momento,  no  me interesaba,  me  interesaba  centrar  mi  pensamiento,  despertarme del todo para tener una idea exacta  de  lo  que había ocurrido,  sonreí a la voz que  me  hablaba   mientras  la gente desfilaba por mi lado una vez terminada la  película  hacia la      salida de la sala. La mano de la  voz  que  tenía  al  lado  se  posaba en mi antebrazo y  me  ayudaba  a  levantarme  y me empujaba a sumarme a la cola de  gente  para alcanzar  la salida y reencontrarnos con la calle,  comencé a  recordar la película que había venido a ver,  y el sueño  que  me  había  invadido  y se había  apoderado  de  mi,  mientras  cerraba  los  ojos y la voz doblada del actor  me  acompañaba  ayudándome a encontrar el camino hacia el sueño,  después fue   todo  lo demás, ahora, la sensación de haber perdido un padre en  el actor maduro que  tanto  me   gustaba,   protagonista   del   film,  me  quedaba  la  sensación  de bienestar, había traspasado  mi memoria e invadido la de otra persona,  posiblemente la de  un personaje de cine de la película que no había visto,  o me   había  convertido en la guionista de una nueva  versión,  sea  como  fuera,  fui recordando con tristeza,  que yo nunca  había  bailado    con  mi padre,  al legar a  la  calle  llovía  mansamente. Me sentí huérfana bajo la lluvia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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