MANOS

A las manos les crecen raíces

de impotencia, surcan terrones de tierra

los dedos ateridos ya en noviembre,

rasgan lagunas de lodos enroscados

a las vidas que las poseen.

Tiñen con su sangre mensajes

que nadie está dispuesto a leer, mientras

transitan sus huesos los cabellos

que mesan sin cesar, hechizados

en su propio ensimismamiento vacuo.

Los largos dedos cimbrean

al ritmo de los días iguales, se vuelven

lentos, parcos, desesperados, ya casi

inhábiles de tanto parar tormentas y

enterrar sueños desposeídos de razones.

Ofrecen sus palmas refugio al calor

que los labios aportan a bufidos de la rabia

y del viento, y los liberan de su cueva

a la nada, y los días acompañan sus almas

y agota tanto digerir despierta, tanto mirar,

tanto vivir tan lento como se pueda,

sin derramar la esperanza que aún queda

resistiendo entre los mensajes estorbando

el horizonte de la mañana que se alza y cae

sin fulgor alguno, sin telúrica fuerza que jadee

el esfuerzo de estas manos por ser nervudas,

por ser vida, por espantar el sobrecogimiento

ya de tantos, que ruedan sin cesar

hacia fondos inusitados y yermos,

tan profundos como el grito del que quiere salir

palpitando, dejando las uñas como senderos.

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