YO, PENÍNSULA DE TI

Yo, península de ti,

me rodeo de aguas de pocas lluvias

brindándome momentos en que navego

sobre ti, al anochecer,

en el crepúsculo tentador

unidos por un brazo fuerte

impidiendo ir al pairo,

mirándome en la luna

sobre tu acero de paz nocturna.

Miro, y el cuerpo se mueve aleteando,

orillando, ciñendo, difuminándose

hasta no saber si es él

disuelto en ti que me mece

al duermevela, o que ya soy otra

transformada en lo que seré.

Por mi parte aguada, entran vientos

arrollando la paz que me traes,

despertando de golpe del arrumaco

de tu palabra, cuando sé que estás.

Cuando me hablas a mí, no a una conocida,

a la parte de ti que arropas y levantas

cuando tiemblo ante los vientos

irrumpiendo a ráfagas repetidas, constantes,

golpeando la frente y el corazón, arrastrándome

con ellos, me adentro sin querer, en suelo firme,

mi paso es, a veces, el de un funámbulo

sobre la cuerda de un hilo de aire

lleno de voces, tentándome a seguir

tan adentro del continente que pierdo

de vista el mar, y el camino se vuelve bosque

y el bosque espesura y la espesura

da pie a convertirme en lo que no soy.

El sueño es una isla en la que me eclipso,

escapo con pies alados perdiendo un tiempo que,

como nos pasa a todos, nunca fue mío,

si no de sí mismo jugando al sígueme,

seduciéndonos con instantes inolvidables,

con voces y seres que siembran nuestro camino.

La mujer que crece, duerme sin saberlo

pero queriendo, huyendo del bosque de la noche,

del inmenso continente que me confunde

rodeando un pequeño ser de tanta palabra como pensamiento,

sólo que uno sucede y el otro queda

como huella, raíces de caminos por hacer

bordes que desbordar, historias que creer y que crear.

Conmigo camina la muerte,

porque es así, no hay muerte sin vida,

ni vida sin muerte, sólo paréntesis, comillas,

interrogaciones, puntos suspensivos y un sueño

de inmortalidad que se sabe corrupto.

Sólo una ilusión para detener la prisa

que crece en el alma y busca

con los ojos los suyos.

Pero de pronto estiro un brazo y

mi piel toca otra piel allá en el horizonte

de la mañana, y sé que sigo siendo península

sujeta por años de firmeza, brazo

de otro brazo plantado en tierra fértil

entre aguas claras, entonces sueño que yo soy él.

Carpe diem. Y lloro.

 

 

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