CASAS Y SUEÑOS

¿Cómo han salido

de estos sueños las palabras

y sus crudas realidades?

Estas paredes van encerrando silencios,

las puertas con sus secretos

esperan ser abiertas, escuchadas

después de tanta espera.

Cantan y olvidan, ¡Ay!, que poco les queda,

sólo agotar el tiempo deprisa

cuando pasa tan despacio.

Pero no, no eran sueños,

casi desesperación donde asirse

tras morir la calma, instantes que pensando,

se hacían ventanas sin imagen.

Los sueños de todos se van guardando

en baúles con tantas llaves

como esbozos de vida aprisionada.

Hay tantas casas prisioneras,

derruidas nada más alzarse a la vida.

Apenas sin aire que transite

por las ranuras de sus puertas.

Así es posible morir en el secreto,

sin reclamar atención,

ni la sombra de las persianas en agosto.

Los venideros placeres

se descuelgan junto al polvo

sobre el suelo, atesorando sombras

sobre los muebles, que las huellas

de los dedos impacientes destruyen.

Los reincidentes y manidos surcos que se forman,

transitan de un lugar a otro

con la costumbre, que es lo único que queda

y lo único que se gana

cuando se pierde el sueño.

Desde la indiferencia del ladrillo

te invoco, para que llegues

con el aliento repleto

de la rabia y el sudor,

con el silencio del esfuerzo.

Te reclamo, para que unjas al fin el día

dándole salida al pasillo oscuro

y vengas a este espacio aplastante

donde la ira muere apelmazada.

Aquí donde termina lo que no es

y fue de otros,

recomenzando el camino de la realidad

soplan gritos los murmullos,

estiran brazos y piernas la pereza,

rezuman jugos los poros ateridos

y hasta los cabellos vagan impacientes

tras las telas que oprimen su impulso

frío y sudoroso.

Es aquí donde esperan

los ojos abiertos como bocas en la hambruna,

las yermas manos que acarician la neblina,

aquí donde se recogen vacías las sospechas

y se tienden a la hora de la mesa

para rumiar a secas sus estelas.

Aquí donde el fulgor ahonda en la espesura

presuponiendo hábitos machacados

con hojas de cilantro y huele a fuego.

Aquí donde se salta a la pata coja

la baldosa vieja y el ruido

entumece sus cimientos,

donde las columnas yerguen el arco

de un cielo estrecho,

se reclama pues tu vida a tientas,

que es allí, donde la habitas.

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