El espejo

Es una guerra casi perdida

un rostro ante el espejo,

lluvia que lava los tiempos

-cándidos y aciagos-,

empapando de arrugas las trincheras

de sus ojos caídos

y los sueños que se perdieron

en la guadaña de la luna.

 

De la luna hablaron

las batallas primeras,

cuando aún cada noche

era fresca y reciente

como la mano que la empuñaba,

doblegando la sonrisa que compartían,

creyéndola inmortal deseo,

sin decidirse a ser historia.

 

A ser historia fugaz,

según supieron luego,

cuando esculpían muescas de relatos

entre lluvia y lluvia,

apoyados en fotos presas

de otros rostros heridos

por el polvo del plomo en sus recuerdos.

 

En sus recuerdos no había tregua

porque el tiempo es asunto de otros,

de quienes obviaron

la certeza del espejo,

sabiéndose insomnes a los halagos

de los años de paz entre abrazos,

y sembraron con tumbas primaveras

y cerraron luces con las manos.

Las manos que escribieron

el inicio de un final sin alma,

sin conformarse

con estar en la batalla,

o llorar la desnudez

de un rostro atónito

dándose la espalda, sin despedirse,

con alas de paloma olvidada.

 

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