PRISIONEROS

El tiempo está disuelto en sal
en un mar de reloj de arena.
Las carreteras que lo circundan
llegan siempre a su final,
justo cuando la sal se vuelve tierra
donde se quiere escapar y enterrar
su silencioso ruido de ola contra el asfalto.
Sobre el tiempo que me lleva a lomos
poco sé, si acaso
el detenerse de una tarde en calma
mientras pasa como si no existiese,
quedo, invariablemente plana en su pendiente.
Sobre el que yo llevo a mis espaldas,
atravesando mi piel y el sudor de mis manos,
la pupila de los ojos asombrados
semientornados en su propia cárcel,
de ese, sé que está disuelto en sal,
que me sale del trabajo de no encontrarlo,
que rezuma en la ducha y al tiempo
que se disuelve por el desagüe,
vuelve el olor de su visita
mutando cada instante con placer.
Tal es su trabajo, pasar y seguir
cuando todos creen que dormita,
en la placidez de la noche nacida para ser dormida.
Pero cuando te levantas
lo vuelves a ver en el espejo
y en la sal que echas en la comida,
lo disuelves, sabiendo que volverás a él,
comiendo, caminando con los pies sudando sal,
siempre hacia él.
Su oficio es la sombra más inmensa,
el nuestro, seguirla sin quererlo.
Cárcel y carcelero. Presos encadenados.

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