Existo, bajo estos tiempos ciegos
y devengo tierra herida, surco acequias de aguas
trémulas y silenciosas, ausentes de vigor y sin
caricias de espuma y quedo, sangrando estatua
de mi misma y cuando la añoranza llama,
llegando a ella aunque sólo sea por callar tanto
estupor entre los ojos perdido, caduco.
He de buscar un canto que me inunde y reflote
lave y redima dando sentido al camino
que espera ser recorrido y creado
Te doy mi alma. Esta tremenda alma
absurda, necia alma, corroyendo incesante
el vértigo que corre y rompe el infinito
de la mente, el alma te doy, y aún peno
arrebatada y dueña del porvenir que no cesa
de llegarnos e invadirnos, estremecernos
a cada día que golpea y recorre la piel tan seca
que llora desiertos de ausencia
desgranados en ocasos muertos al nacer.
Duele, duele tanto mirar testigo.
Y es que la asfixia hiere sin remedio
el envenenado aire vendido tras las palabras
que firman y sellan y matan
a cada sonrisa prendida en sus hábitos de poder.
Un recalcitrante regusto acre
empapa las gargantas segadas en las calles,
indiferentes al futuro silencioso que espera
llegar pero ya medra y manda
tras ventanas afanadas en estar tan limpias
como cegadas al estupor que procura
tanto caminar sin rumbo ni preguntas,
tanto mirar a otra parte por no verse
reflejados en espejos mustios empachados,
indelebles al tiempo recorrido con marcha atrás.
El pasado está hoy en el futuro y en la cuenca de los ojos
el vacío de las almas ciegas, absurdas, absurdas almas.

